EE
UU. Dándome parcialmente la espalda en su jaula de
cristal, como un loro travieso, el condenado seguía
negándose a dirigirme la palabra. El cristal que separa a los
prisioneros de los visitantes en el corredor de la muerte era tan
grueso que ni siquiera gritándole hubiera podido oírme.
Así que le escribí un segundo mensaje en mi libreta y
puse el papel contra el vidrio. A TRAVÉS MÍO PUEDE CONTAR
AL MUNDO POR QUÉ ES INOCENTE.
Al menos lo leyó. Hasta se podría decir que lo
examinó con interés. Por fin, una pequeña victoria
para mí, tras soportar una derrota tras otra. Pero una victoria
fugaz, porque al acabar de leer mi notita me lanzó otra mirada
de desdén, repitió una vez más aquel gesto de "no
me moleste, mosquita" con la muñeca y la mano, y volvió a
adoptar su postura de loro -o mono, porque sus movimientos eran
ágiles, elásticos- despectivo.
César Fierro es el más veterano de los 54 ciudadanos
mexicanos que hay actualmente en el corredor de la muerte en Estados
Unidos. Lleva 25 años esperando que lo ejecuten, que le inyecten
la dosis mortal de veneno considerada por el Estado de Tejas como la
forma más eficaz de acabar con la vida de -como diría
George W. Bush, que firmó las sentencias de muerte de 152
personas cuando fue gobernador de Tejas- "un malvado".
Uno pensaría que por lo menos tendría necesidad de hablar
con otro ser humano, que tal vez sentiría curiosidad por saber
cómo iba el mundo. Aunque lo más lógico hubiera
sido que viese mi presencia como una oportunidad, como le dije en mi
mensaje escrito, para proclamar su inocencia al mundo, para llamar la
atención sobre su caso, para ver si de manera indirecta se
podría llegar a ejercer más presión para que se
haga justicia.
Me volvió a hablar -cogió una vez más el
teléfono, nuestro único puente de comunicación-
tras tres, cuatro minutos de silencio, durante los cuales de vez en
cuando me miraba de reojo, como para constatar que seguía
frustrado, que seguía desesperado por hablar con él.
"¿Y el dinero? ¿Cuánto dinero has traído?".
Era más de lo mismo. Yo, pretendiendo en vano interrumpirle con
una pregunta -"¿Qué pasó el día que le
detuvieron?" o "¿Qué se imagina que hará el
día que lo dejen en libertad?"- y él sin escucharme, o
fingiendo que no, y siguiendo lanzando preguntas como balas de una
metralleta. "¿Y el dinero?". "¿Y George W. Bush?
¿Hablaste con él?". "¡Amnistía!
¡Amnistía! ¿Sabes lo que es? ¿Por qué
no me la dan de una vez?". Al ver que yo no tenía respuestas a
estas preguntas, al ver que yo no le ofrecía nada concreto,
sólo promesas del tipo que sus abogados llevaban más de
una década haciéndole, me volvió a colgar, esta
vez golpeando el teléfono con más violencia. Pero al
menos no me escupió.
Al salir del corredor de la muerte, al pasar una vez más en mi
coche alquilado por el cartel contra el aborto, las iglesitas blancas,
y el McDonald's, hasta llegar a la autopista en dirección a
Houston, no dejaba de pensar en el absurdo intercambio de roles que
había constituido mi diálogo con Fierro. Intentaba
encontrar no sólo cierta lógica en nuestra
conversación (¿estaba loco, o se hacía?), sino
además algo que justificara el haber ido hasta allí para
verle.
Posteriormente hablé con sus abogados David Dow, Sandra Babcock
y Richard Burr sobre mi conversación con su cliente. A todos les
sorprendió que hubiera conseguido verle, pero no les
extrañó que, después de media hora de
diálogo sacado directamente del teatro del absurdo -un
guión de Samuel Beckett llevado a un staccato extremo-, se
hubiera cansado de mí y hubiera pedido a los guardias que se lo
llevaran.
Le pregunté a Dow, que le conoce desde hace 10 años, si
antes era diferente. "Muy diferente", contestó. "Nos trataba con
mucho respeto a mí y a los demás abogados. Pesaba 25 o 30
kilos más. Estaba grueso, gordo. Era muy tranquilo y
cooperador". Babcock también le recordaba como "mucho más
grueso" (una imagen difícil de concebir después de
haberle visto casi sin carne, casi en los huesos) y como "un cliente
modelo, que apreciaba enormemente todo lo que hacíamos por
él y cooperaba mucho".
Desde que Fierro está en el corredor de la muerte ha muerto su
madre, ha muerto uno de sus hermanos, su mujer se ha divorciado de
él y su hija ha cortado toda relación con él. Sin
embargo, Richard Burr tenía otra explicación posible para
lo que considera la caída de Fierro hacia la locura. Hace siete
años, cuando el presidente Bush era gobernador de Tejas, las
condiciones del corredor de la muerte sufrieron un deterioro notable.
"Hasta 1998, tenían un programa de trabajo, hacían ropa y
también una pequeña fábrica de muebles. Fierro
participaba con muchas ganas. También disponían de una
sala en la que los presos podían pasar cuatro o cinco horas al
día, fuera de sus celdas, viendo televisión o
participando en juegos. Ahora están en la celda todo el tiempo,
aparte de una hora de ejercicio al día, que hace cada preso de
manera individual". Es decir, ¿Fierro lleva siete años
prácticamente en solitario? "Eso es. Y no es el único
preso del corredor de la muerte cuya salud mental se ha deteriorado
como consecuencia...".
No obstante, la idea que no se me iba de la cabeza mientras
volvía hacia Houston era que, como dice un personaje de
Shakespeare a propósito de Hamlet, podía haber "cierto
método en su locura". Una duda que Shakespeare cultiva a lo
largo de toda la obra pero, sobre todo, hacia el final, es si Hamlet
está verdaderamente loco o simplemente finge estar loco. O si,
en su locura, está más cuerdo que cualquiera de las
personas aparentemente cuerdas que le rodean.
Fierro me hizo pensar fundamentalmente dos cosas. Una, que su conducta
"de loco" era la única respuesta sensata a una situación
demencial. Los otros tres o cuatro presos del corredor de la muerte que
salieron a ver a sus visitantes durante los 40 minutos que estuve en la
cárcel podrían haber sido asesinos en serie dignos de
Hannibal Lecter, pero se comportaron tan educadamente como unos
niños bien enseñados. Una de las guardias grandullonas me
susurró, después de que Fierro se fuera: "Dios
mío, qué horrible que es. Nadie quiere
acercársele". También Michelle, la responsable de
información, mientras me acompañaba a la entrada, me dijo
que, aunque la mayoría de los presos del corredor de la muerte
son "tranquilos y respetuosos, y no pelean, el señor Fierro es
verdaderamente antipático".
Pero tanto Michelle como la guardia estaban reaccionando como si su
lugar de trabajo fuera un sitio normal, como un hospital o un centro de
educación para adultos. Como si los internos tuvieran que
estarles agradecidos y debieran comportarse educadamente. Cuando, la
verdad, se podría decir también, o con más
sentido, que, si se tienen en cuenta las circunstancias
extraordinariamente absurdas de Fierro, su vida tan desgraciada, es
lógico que no se comporte de forma respetuosa y pacífica,
sino que escupa a la gente, que golpee los teléfonos contra el
cristal (como hizo cuando le visitó Dow), que embadurne las
paredes de heces o que trate a los visitantes que llegan de un exterior
feliz y soleado con un asco que raya en el odio. Cuando a una persona
la tratan como a un animal peligroso -la encierran, la esposan-,
quizá sea natural que se comporte como tal. Si la vida,
según escribió también Shakespeare, es una
historia narrada por un idiota que no significa nada, entonces puede
ser lógico que uno decida tener una conducta que refleje lo que
piensa de la estúpida inutilidad de la vida.
Conmigo se mostró grosero, pero también caprichoso. La
vena absurda, la visión profundamente irónica de la vida,
es el rasgo filosófico que más distingue a los mexicanos
de los estadounidenses. Los mexicanos viven la vida con una conciencia
permanente de la muerte. Lo cual quiere decir que viven -hasta un punto
que a los estadounidenses les resultaría imposible de imaginar-
mucho más el día a día. Por eso no pueden competir
económicamente con sus lejanos vecinos del norte, que se
esfuerzan y planean y ahorran para el futuro, con la convicción
implícita pero profunda de que van a vivir para siempre. Salvo
los que son incorregiblemente "malvados". Para ellos la única
solución es aniquilarlos.
Y antes de eso, si es posible -como en el caso de Fierro-, la
más abyecta humillación. Ésa fue mi segunda
reflexión. Para un hombre tan absolutamente aplastado como
Fierro, la única situación en la que tiene la posibilidad
de seguir afirmando el mínimo vestigio que le pueda quedar de
dignidad humana puede ser el fugaz atisbo de libertad que se le permite
cada vez que recibe a un visitante. Jugó conmigo como un gato
con un ratón derrotado. Tal vez pensé, al llegar, que yo
iba a controlar la escena, pero fue él quien se hizo con las
riendas. Él mandaba. Cada pregunta que me hacía, cada
pregunta mía que se negaba incluso a pensar en contestar, era
una pequeña victoria, o puede que una gran victoria para un
hombre que no ha conocido más que la derrota durante toda su
vida de adulto.
El triunfo resultaba especialmente delicioso cada vez que me colgaba el
teléfono. Lo hizo -cogerlo y colgarlo, cogerlo y colgarlo- cinco
veces. Cada vez le tuve que rogar que volviera a cogerlo y cada vez,
cuando pensaba que estaba a punto de conseguirlo (igual que el gato
pensaba que iba a lograr huir), frustraba con crueldad mi victoria
imaginaria. Mostraba una malicia deliberada cuando apartaba la mirada
ante mis súplicas a través del cristal; mostraba
desprecio cuando hacía un gesto con la muñeca -una y otra
vez, en el clásico gesto teatral con el que un señor
feudal despacha a un campesino maloliente- y miraba hacia otro lado.
Era su momento. Ahí, por una vez en su vida, imponía
él el control, ejercía el poder, reafirmaba su pizca de
dignidad humana.
Le ofrecí esta interpretación a Dow, que había
vivido una experiencia similar a la mía, y no discrepó de
ella. "Es un hombre que necesita sentir que controla, y creo que, al
comportarse así, da una salida a su furia", dijo, y
añadió que, en su opinión, sería un error
creer que era una conducta deliberada. "No es racional, es un instinto.
Un instinto humano de supervivencia, podría decirse".
¿Qué le depara el futuro a Fierro? Al margen del
análisis de por qué se comporta como se comporta, es
evidente que no es un hombre que pueda volver a reintegrarse en una
vida normal, vivir solo o con otra persona, trabajar llenando bolsas en
un supermercado. Richard Burr estaba de acuerdo. "Se mire por donde se
mire, está claro que tiene una enfermedad mental grave. Por lo
que sabemos de su historial médico, estamos seguros de ello.
Pero ahora, lo único que podemos hacer, como abogados suyos, es
ir paso a paso".
El siguiente paso, después de que, al parecer, se hayan agotado
todas las demás vías para conseguir que vuelvan a juzgar
a Fierro, es ver cómo responde el Tribunal de Apelaciones
Penales de Tejas, hasta ahora poco favorable, a un fallo dictado en
marzo del año pasado por la Corte Internacional de Justicia, un
organismo de Naciones Unidas. En un caso que defendió Sandra
Babcock, con éxito, en nombre del Gobierno mexicano, la CIJ
ordenó al Gobierno de Estados Unidos que "encontrara un remedio
apropiado" que permita una revisión sustancial de la condena de
Fierro; la de Fierro y las de otro medio centenar de ciudadanos
mexicanos en el corredor de la muerte estadounidense.
Pero el Gobierno de Tejas no hizo ningún caso. Ted Cruz, el
subsecretario de Justicia de Tejas, declaró que el fallo de la
CIJ no era vinculante en su Estado. "Ningún país del
mundo da a las decisiones de la Corte Internacional de Justicia fuerza
de ley en sus tribunales nacionales", dijo. Parecía que todo iba
a acabar ahí, hasta que, para asombro de los abogados de Fierro,
el presidente Bush salió al rescate al firmar una
decisión ejecutiva en la que afirmaba que Estados Unidos iba a
"cumplir sus obligaciones internacionales" y los Estados iban a acatar
la decisión de la CIJ. Tejas ha respondido al dictamen de la
Casa Blanca permitiendo que se celebre una vista judicial el 14 de
septiembre en la capital, Austin, con el fin de determinar si hay que
obedecer la orden presidencial del antiguo gobernador o no.
Se cree que no habrá una decisión hasta el final de este
año, por lo menos. Burr opina, como Dow, que, si se vuelve a
celebrar un nuevo juicio, Fierro quedará en libertad. Pero,
mientras tanto, ¿qué impide que fijen una fecha para su
ejecución? Desde el punto de vista legal, nada, dice Burr. "Lo
único que les detendría es el sentido común. Fijar
una fecha de ejecución crearía una oleada de
indignación. Además, no tienen prácticamente
ninguna posibilidad de oponerse a un aplazamiento, y ellos lo saben".
Antes de que terminara mi encuentro con Fierro, antes de que me colgara
el teléfono por última vez, tuve también una
oportunidad de reafirmar mi propia dignidad en una situación que
había resultado completamente humillante. Llevaba conmigo una
cámara. Se la mostré durante uno de sus silencios
despectivos y reaccionó como una serpiente, agarrando el
teléfono y gritando -no pidiendo, sino ordenando-: "¡No,
no, no! ¡No lo haga!". Podría haber hecho una foto. Lo
pensé. Mi instinto de periodista me empujaba a ello. Pero no lo
hice. En cierto sentido, habría sido rebajarme a su nivel. Y
habría sido hacer trampas, porque el juego que habíamos
establecido -o que él había establecido y yo había
seguido- consistía en que él fuera el depredador y yo la
presa; él, el poderoso, y yo, el débil. Pero,
todavía más importante, si le hubiera hecho una foto, se
habría enardecido. Le habría robado su escena. Le
habría refrotado su impotencia. Habría significado
arrebatar a aquella criatura tan patética la gran victoria del
día, del mes, del año, una victoria que iba a saborear,
en los rincones de su mente destruida, durante mucho tiempo.
Su patetismo quedó claro del todo cuando puso fin a nuestro
juego con la bofetada final -su tiro de gracia-, al llamar a los
guardias para que se lo llevaran cuando todavía faltaba un
cuarto de hora de nuestros 45 minutos previstos. Hasta que llegaron y
abrieron la puerta que tenía detrás, mantuvo la postura
insolente que había tenido todo el tiempo de la entrevista: con
la pierna subida, la mano en la rodilla, desdeñoso, de perfil.
En cuanto oyó el ruido de la llave del guardia, adoptó la
postura que tiene siempre en presencia de la autoridad armada y
uniformada. Se sentó en el taburete frente a mí, pero sin
mirarme, con la mirada puesta en un lugar muy lejano, y
automáticamente puso los brazos a la espalda, en V, con las
muñecas cruzadas. Uno de los dos guardias abrió una
pequeña ranura de metal, justo para poder ponerle las esposas.
Luego volvió a cerrarlas y abrió la puerta de metal
blanco. Él se levantó, tan tieso como un soldado en un
desfile, y, con los ojos perdidos, se dio la vuelta y salió de
la jaula para que le llevaran por el pasillo, a través de otras
dos puertas electrónicas de metal, a esa otra jaula más
grande que constituye su hogar; a su condena viviente; a su
interminable pesadilla americana.