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La Jornada 13 de noviembre de 1997

Probaré amenazas y tortura policiacas en Ciudad Juárez y El Paso, dice Fierro

David Aponte, enviado, Hunstville, Tex., 12 de noviembre ¤ Por el pasillo de los sentenciados a muerte, en la cárcel de máxima seguridad Unit Ellis, un guardia de uniforme gris camina hacia César Roberto Fierro Reyna y le susurra: ``You're a very lucky man''. Después del medio día de hoy, el mexicano conoce que una corte federal suspendió su ejecución, programada para el 19 de noviembre.

``Ahora voy probar que la policía de El Paso me torturó y que la de Ciudad Juárez amenazó con torturar a mi madre para que me declarara culpable'', expresa.

Fierro Reyna, de 41 años, 18 y medio de ellos en prisiones texanas, habla de un ``contubernio'' entre las policías de El Paso, Texas, y Ciudad Juárez, Chihuahua, para acusarlo de la muerte del taxista Nicolás Castañón, ocurrida el 27 de febrero de 1979.

``Aquí buscan chivos expiatorios entre los mexicanos... Yo no hice nada, pero no iba a correr el riesgo de que torturaran a mi mamá'', agrega.

La corte federal del quinto circuito con sede en Nueva Orleans suspendió por tiempo indefinido la ejecución del mexicano, con el propósito de determinar si la policía de El Paso cometió ``perjurio'' en el testimonio del connacional. Con ello, el sentenciado a muerte podría lograr un nuevo juicio.

El 12 de febrero de 1980, una corte de El Paso lo declaró culpable de los delitos de homicidio calificado y robo. ``El juicio duró 15 días. El jurado de estadunidenses, sólo había dos mexicanos, ya tenía todo listo'', señala Fierro Reyna.

Día de suerte en Hunstville

A las 13:16 horas, el mexicano aparece en la sección de visitas de la prisión, una hora después de que recibió la noticia de la suspensión de la ejecución. Lo conducen dos guardias. El sentenciado lleva las manos atrás. Un juego de esposas sujeta sus muñecas. Sobre la mesa, una advertencia: Las declaraciones a la prensa pueden ser utilizadas en su contra.

César, el número 650 en el death row, entra a una pequeña celda. Sonríe ante los periodistas y suelta: ``Buenas noticias... Otra fecha''. El hombre ya perdió la cuenta del número de veces que ha afrontado la posibilidad de morir.

``Esta era la más seria. Nadie pensaba que... Yo ya había empacado mis cosas... Nadie pensaba que iban a posponer mi caso. Mi mamá, mi familia ya me habían dicho que los pusiera de testigos en mi ejecución; los padres y pastores ya me andaban hablando para que fueran mis consejeros espirituales, y yo ya estaba, como quien dice, preparado para eso.

``Con todo, teníamos la esperanza de que nos íbamos a salvar. Pero estábamos conscientes de que, como ya habían dado la vuelta al sistema de cortes, había posibilidades de llevar a cabo la ejecución'', dice.

-¿Ahora qué esperas?

-Si las cosas salen bien, como no tienen ninguna evidencia en mi contra quizá pueda hasta salir. Todo depende de Dios. Es lo que espero, no sé qué diga la corte.

La abogada del mexicano, Jean Terranova, espera que el caso judicial sea devuelto a una corte con sede en El Paso, para demostrar que la policía de esa ciudad arrancó una confesión de culpabilidad con tortura física y sicológica.

A mediados de 1979, la policía local utilizó el testimonio de un niño para buscar a un presunto responsable del homicidio de Castañón. El 31 de julio de ese año, el entonces menor Gerardo Olague dijo que Fierro Reyna atacó al taxista.

``Uyyy, un chamaco que estaba medio loco, en ese tiempo me acusó de haber matado al taxista. Y la policía de El Paso, como no tenía sospechosos y ninguna prueba contra nadie, le creyó; la de Juárez fue y allanó la casa de mi mamá y nos metieron a la cárcel. A mí me detuvieron en El Paso y me golpearon (en los testículos y el estómago). No les dije nada y luego me amenazaron con que la policía de Juárez iba a torturar con toques eléctricos a mi mamá. Me asustaron y, pues, les firmé los papeles que me dieron... No los vi, nomás los firmé...''

En mayo de 1979, Fierro Reyna estaba en la cárcel bajo la acusación de tráfico de drogas. Dos meses más tarde, la policía le agregó el cargo de homicidio calificado. Según la ficha criminal de las autoridades penitenciarias de Hunstville, el connacional habría disparado con una pistola .357 sobre la cabeza de Castañón. El mexicano niega haber conocido al taxista, y rechaza haber estado en la escena del crimen.

La locura de la prisión

Durante la conversación, el sentenciado a muerte habla del sistema judicial y penitenciario de Texas: ``Uno se puede volver loco aquí. Sólo tenemos dos horas de recreo, dos horas afuera de la celda. Se levanta uno a las tres de la mañana a almorzar, a las nueve de la mañana a comer y a las tres de la tarde a cenar. A dormir de las ocho de la noche a las tres de la mañana.

``Aquí ya se me echó a perder la vida, si sale uno no tienes ni oficio ni nada. No deja nada bueno... Aquí hay drogas, armas y los criminales más peligrosos... Y estoy aquí por ser mexicano. Me acusaron de algo y cualquier policía tiene que investigar. Pero se fueron muy grandes conmigo. Tal vez si hubiera sido gringo no me hubieran golpeado y tampoco las amenazas de torturar a mi familia.

``Si hubiera tenido familia acá de este lado, hubiera peleado por mí. Hubiera metido abogados y todo eso. Pero como no teníamos dinero ni nada...''

Con uniforme blanco y un gran tatuaje en el brazo izquierdo, el prisionero considera que el sistema judicial de Estados Unidos no ofrece juicios imparciales a las personas provenientes de otras naciones. ``Se cometen muchos abusos en contra de los mexicanos''.

-¿Crees que la pena de muerte resuelve el problema de la criminalidad? ¿Es la solución para lo que pasa en las calles?

-No creo... Lo que yo he leído es que cuando ejecutan a las personas aumenta el crimen, y otros lugares donde no hay pena de muerte están más pacíficos. Pero cada quien tiene su versión.

El mexicano opina que las entidades de este país deben abolir la pena capital: ``Aquí (en Hunstville) matan a mucha gente. Ya llevan un récord, me estaban diciendo que ya llevan 34 este año, y casi todos los días tienen preparado a uno''.

César Roberto Fierro Reyna ha afrontado en varias ocasiones, por lo menos en cinco, la posibilidad de ser ejecutado. Los recursos legales han prolongado su vida.

-¿Qué sientes cuando se acerca la fecha programada para la ejecución?

-Yo me alegro, porque mi mamá me llora mucho, se preocupa mucho por nosotros. Y el gusto que me da es por ella, no tanto por mí... Nomás se encomienda uno a Dios, después de hablar con la familia. No siente uno nada. Por ejemplo, me he ido preparando de manera inconsciente, porque cuando se acercan las fechas no me tumban el ánimo ni nada.

Frente a una reja metálica y grueso cristal, relata que un guardia de la prisión le comunicó este mediodía que una corte federal había suspendido la ejecución: ``Ya se les había olvidado. Nosotros no sabíamos y yo estaba presionando para que me dejaran gastar 90 dólares en comida para los mexicanos (que están en la prisión), antes de la fecha (de la ejecución), y ya se les había olvidado decirle. Un preso le habló al sargento y me dijeron''.

La defensa del mexicano buscará ahora un nuevo juicio.

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