Mas de Dos Decadas de Encierro Cobran Factura a Mexicano Sentenciado a Muerte

Por Francisco Trujillo

Livingston, Texas, 12 Abr (Notimex).- El confinamiento de 24 años parece estar cobrándole su cuota a la salud física y mental de César Roberto FierroReyna, el decano de los mexicanos condenados a muerte en los Estados Unidos.

        En casi un cuarto de siglo aislado en una diminuta celda, su imagen y su comportamiento actual muestran signos evidentes de que junto con la esperanza, César Fierro pareciera también estar perdiendo la razón.

     El mexicano con más tiempo bajo pena de muerte, ha sido quebrantado por las torturantes condiciones de continuo aislamiento a las que son sometidos quienes son sentenciados en Texas al castigo capital.

      Fierro, de 47 años de edad, originario de Ciudad Juárez, en el estado mexicano de Chihuahua, ha pasado más de la mitad de su vida en la cárcel, a pesar de existir evidencias que apuntan a que es inocente del homicidio de un taxista en El Paso, por el que fue condenado a muerte en 1980.

       El mexicano sobrepasó en más del doble el tiempo promedio que un reo permanece en prisión antes de recibir la inyección letal, el cual según estimaciones de las autoridades carcelarias de Texas es de 10 años cinco meses.

        Fierro ha visto desfilar frente a su celda a los 321 prisioneros que han sido ejecutados desde que esta entidad reactivó la aplicación del castigo capital en 1982.

     Él mismo ha estado a punto de recibir la inyección letal en siete ocasiones, pero hábiles maniobras legales han logrado rescatarlo de la cámara de la muerte, aunque ahora se han vuelto a agotar todos sus recursos y está en riesgo inminente de que se le fije una nueva fecha de ejecución.

     El permanente estrés que esto provoca, además del confinamiento, parecen haber hecho mella. Su deterioro es evidente. Su apariencia y su comportamiento lo revelan.

      Fierro ha perdido peso en forma drástica, ha descuidado su aseo personal y parece tener dificultades en sostener una conversación, todos signos que evidencian la posibilidad de que padezca un grave quebranto mental.

     Desde hace unos tres o cuatro años, optó por cortar la comunicación con el exterior. No acepta recibir visitas, ni contesta ninguna carta, ni siquiera de sus abogados.

     Su aislamiento solo se interrumpe cuando sale por una hora a un pequeño patio interno de la prisión para tomar el sol, dos o tres veces por semana, sin la compañía de otros reos.

     En los últimos años, su único contacto con el exterior ha sido su hija Cindy, quien esporádicamente lo visita en la cárcel de máxima seguridad Allan Polunsky en las afueras de Livingston, en el noreste de Texas, donde las autoridades estatales mantienen confinados a los 452 reos sentenciados a la pena máxima.

     Cindy era una bebé cuando su padre fue recluído. La joven de 26 años nunca ha podido abrazar a su padre, a quien ha visto sólo a través del plástico transparente de los cubículos de la sala de visitas de la prisión.

       Esta semana,  en un hecho que sorprendió a los propios funcionarios de la prisión, Fierro aceptó ser visitado por Notimex, luego de no haber admitido ninguna entrevista de prensa desde finales de los noventa.

     La cita fue solicitada a raíz del reciente fallo de la Corte Internacional de Justicia de la Haya (CIJ) en el que se ordena a Estados Unidos revisar los casos de 51 mexicanos en pena de muerte.

      El fallo condena a Estados Unidos por haber violado los derechos de los mexicanos a recibir la ayuda legal de las autoridades de su país y  menciona específicamente a Fierro, a Roberto Moreno Ramos y a Osvaldo Torres Aguilera, como a los tres a los que se le cometieron mayor cúmulo de violaciones.

     Desafortunadamente para el nativo de Ciudad Juárez, el dictamen de la Corte Internacional, pudo haber llegado ya demasiado tarde.

    En el encuentro de este miércoles fue imposible recoger sus comentarios, sobre el fallo y sobre su situación en general, aun cuando se intentó hablar con él por varios minutos en la sala de visitas de la prisión.

   Fierro llegó al lugar esposado de pies y manos, escoltado por un par de guardias, que lo introdujeron en uno de los cubículos semejantes a jaulas metálicas alineadas, donde los reos conversan a través de teléfonos con quienes los visitan.

    Pasó de largo y lucía irreconocible en comparación a la imagen que se tenía de él hace apenas unos años. Ha sufrido una trasformación tal que va más allá de su aspecto físico. Pareciera otro individuo.

     Sólo era identificable por sus permanentes tatuajes del torso de una mujer desnuda en su brazo derecho, una guirnalda de flores  y la  palabra “El Paso” en el izquierdo, además del inconfundible tono de su voz.

     Su aspecto se asemejaría al de un músico de rock maltratado por el uso de drogas.

      En marzo de 1999, la última vez en que su peso fue registrado por el Departamento de Justicia Criminal de Texas (TDCJ), pesaba 110 kilos, lo que para su estatura de 1.64 metros lo hacía ver un tanto obeso. Ahora posiblemente pese la mitad o menos.

     Además se ha dejado crecer la barba y el cabello, en desacato a las reglas de la prisión.

     En consecuencia, las autoridades carcelarias lo han clasificado como un reo de nivel dos, una categoría en la que se le limita aún más el tiempo que pasa fuera de la celda y se le priva en ocasiones de privilegios como el de tener un radio y el poder disfrutar de lecturas.

     En Texas, la mayoría de los condenados a muerte están clasificados en el nivel uno, donde se les garantiza que pueden recibir libros, revistas o periódicos, poseer un radio y salir una hora todos los días fuera de la celda.

     Los ubicados en el nivel tres, considerados mas rebeldes, carecen de todo y solo son sacados de su confinamiento una hora a la semana, de acuerdo con la vocera del TDCJ, Michelle Lyons.

     En la cita con Notimex, Fierro quiso condicionar la entrevista a que se le sirviera comida antes de responder a cualquier pregunta.

     "Diles primero que me den de comer, que me sirvan algo”, ordenó en tono severo y luego imperativo “dales dinero para que me compren comida, anda, ve, dáselos”, dijo.

     Un guardia intervino entonces para entregarle la forma que los reos deben firmar cada vez que conceden una entrevista de prensa, a fin de constatar que lo hacen de manera voluntaria y consentir que sus declaraciones sean difundidas.

      En vez de firmar, Fierro comenzó a escribir sobre el papel un largo párrafo en el que repitió su demanda de alimento y su negativa a autorizar la entrevista en tanto no se cumpliera su petición.

       Al rechazar firmar el papel, el reo se negó a levantar el teléfono que lo comunicaba con la otra parte y los guardias dieron por terminado el encuentro.

      En los breves minutos que se le vio, se le tomaron varias fotografías. Las imágenes son las primeras que muestran su condición  actual.

      La abogada de Fierro, Jean Terranova, dijo a Notimex que comenzó a perder contacto con él desde hace un par de años.

      “Sospechábamos que algo le estaba pasando, pero no podíamos saberlo, no podíamos confirmarlo”,  dijo la profesional radicada en Boston, quien durante más de una década se ha dedicado a defender al mexicano de manera gratuita al estar convencida de su inocencia.

      En una entrevista a Notimex en 1997, Fierro agradeció a Terranova su dedicación y el haberle salvado en esa ocasión de la cámara de la muerte.

     "Ya me ha salvado quién sabe cuántas veces y si a alguien le confío mi vida es a ella", dijo agradecido en aquel entonces. Ahora, Fierro se niega a recibirla, al igual que a David Dow, otro de sus abogados.

     Terranova y Dow están buscando convencer a un juez para que permita a un psiquiatra ingresar a la prisión con el fin de que evalúe y diagnostique a César Fierro.

      El resultado de dicha evaluación podría servir como un argumento de la defensa sobre su estado de competencia mental, algo que nunca antes había sido necesario sostener ante las cortes.

    “Nuestras observaciones a lo largo de los años nos hacen temer de que se haya ido, que se haya perdido”, señaló Terranova.

     Los funcionarios del TDCJ no pueden informar a los abogados si Fierro está recibiendo algún tipo de atención medica, dado que el reo no firma ningún documento y por ende no autoriza que se dé a conocer este tipo de información.

     Héctor Torres García, otro mexicano sentenciado a la pena máxima recluído en el lugar, distante unas celdas de la de Fierro, lamentó  ya no poder conversar ocasionalmente con quien durante años fue su amigo.

     “A Fierro ya se le anda yendo, ya no anda muy bien de acá arriba”, afirmó Torres, quien fue sentenciado al castigo capital en 1990 por el homicidio de un niño.

     El posible quebranto mental de Fierro se habría iniciado justo después de que en 1999 fuera trasladado junto con los demás condenados a pena de muerte de la Unidad Ellis 1 a la Unidad Polunsky.

     El cambio de prisión, ordenado a raíz de la fuga de un interno, empeoró radicalmente las condiciones de vida de los reos.

    En la Unidad Ellis 1, los prisioneros trabajaban en talleres, interactuaban entre sí, observaban televisión y gozaban de dos horas diarias de recreo además de otras conveniencias.

     Polunsky, en cambio, está clasificada como una  “unidad de segregación administrada” o de “súper máxima seguridad, aislamiento y confinamiento”.

    Aquí los prisioneros son relegados a un aislamiento e inactividad casi total. Sus movimientos son muy controlados y están sujetos a repetidas inspecciones, a ruidos extremos y a una contínua y deliberada privación del sueño, como forma de mantener la seguridad.

       Los internos permanecen en su celda, de tres metros de largo por dos de ancho, casi durante las 24 horas del día. No se les permite colocar en ellas casi ninguna decoración y sus posesiones personales son muy limitadas.

     El ambiente es desolador y se tienen luces encendidas todo el tiempo. Los prisioneros son usualmente inspeccionados, esposados y escoltados por dos guardias cuando dejan la celda par ir al área de recreación, acudir a la regadera o a recibir a sus visitas.

     Las celdas están selladas con puertas metálicas, que tienen sólo una rendija para el paso de los alimentos.  Las conversaciones entre los prisioneros de celdas vecinas se realizan a gritos, para poder escucharse.

     Los reos son despertados a las tres de la mañana cuando se les sirve el desayuno en su celda, a través de una ventanilla. La comida se proporciona de igual forma a las 10:30 de la mañana  y la cena entre las tres y las cuatro de la tarde.

     Fierro parece haber resentido rápido las condiciones que le fueron impuestas en Polunsky, en coincidencia con su deterioro físico.

      En junio del 2000, a menos de un año de haber sido trasladado a esta prisión, Fierro fue sacado de emergencia para ser internado en un hospital de Galveston, Texas, luego de reaccionar de manera negativa a un medicamento que le había sido suministrado.

      Los guardias lo encontraron en estado de coma dentro de su celda al haber sufrido una severa intoxicación. Entonces se dio a conocer que tenía antecedentes de depresión, por lo que recibía tratamiento de manera regular.

     Para el doctor Terry A. Kupers, un psiquiatra experto en condiciones de encarcelamiento y salud mental,  lo que posiblemente le esté pasando a Fierro es hasta cierto punto lógico y predecible.

     “Es pronosticable que bajo estas condiciones de aislamiento, los reos sufran en determinado momento un quebranto mental”, explicó Kupers, autor de un libro titulado “Locura en la prisión: La Crisis de Salud Mental Detrás de los Rejas”.

    “Por lo general esto sucede entre los 12 y 14 años de encarcelamiento, pero cada caso es
diferente. En la situación de Fierro en particular, es sorprendente que se esté presentando hasta ahora, tras 24 años de reclusión”, indicó.

     “Tal vez su posible quebranto mental se haya precipitado con su traslado a Polunsky”,
explicó.

     “Sin poder hacer un diagnóstico, puedo afirmar que se tienen suficientes elementos para concluir que él podría muy bien estar sufriendo de una seria enfermedad mental, exacerbada por las condiciones de confinamiento y segregación en la Unidad Polunsky”, dijo el especialista.

     “De ser este el caso, su salud mental se ha deteriorado como un efecto directo de su prolongado aislamiento, por lo que debe ser removido de esta unidad de confinamiento y ser provisto del tratamiento de salud mental que su condición requiere”, indico Kupers.

     “Si el Estado ignora sus urgentes necesidades psiquiátricas, eso constituirá un castigo cruel e inusual bajo la Constitución estadunidense y tratarse de una tortura, conforme es definida bajo los estándares internacionales de derechos humanos”, agrego.

     “En las condiciones que viven estos reos, el ser humano se rinde, se abandona el deseo de vivir”, dijo Kupers al destacar que un 30 por ciento de los reos que han sido ejecutados en los últimos años han renunciado a continuar sus apelaciones a fin de que se acelere la aplicación de su sentencia.

     “Esto pudiera ser el caso de Fierro, podría estar negándose a vivir. Eso explicaría su perdida de peso y otras de sus condiciones, dijo el especialista.

     “El hecho que haya demandado alimento cuando se le visitó, no es necesariamente porque hubiera tenido hambre, suena más bien a algo no racional, a una reacción psicótica”, explicó. Fierro había recibido alimento dos horas antes del encuentro, de acuerdo a los guardias de la prisión.

     Sandra Babcock, la abogada contratada por el gobierno de México para encabezar el Programa de Asistencia Legal de Mexicanos en Pena de Muerte, dijo estar conciente y preocupada por la delicada situación de Fierro.

     Sin embargo, hasta ahora Babcock ha estado imposibilitada para ayudarlo. “No sabemos como está. No podemos verlo y desconocemos lo que la prisión ha hecho, porque César no firma papeles”, asentó.

      Babcock calificó de trágicas las condiciones en que viven los reos sentenciados a muerte en Texas. "Están entre las peores de todo el país”, aseguró.

      Terranova y Babcock están especialmente frustradas por la situación de Fierro, a quien consideran uno de los 56 mexicanos en pena de muerte que más posibilidades tendría de poder demostrar su inocencia, en caso de que se le permitiera nuevamente revisar su situación en los tribunales, como lo ha ordenado la CIJ.

     Fierro fue sentenciado por el homicidio del taxista Nicolás Castañón, el 27 de febrero de 1979 en El Paso. Castañón, también de nacionalidad mexicana, murió de dos balazos disparados por un revólver 357 mágnum.

      Fierro siempre se ha declarado inocente del crimen. Las autoridades le impusieron la sentencia de muerte sin contar con ninguna evidencia física en su contra y para el fallo sólo se tomó en cuenta una declaración de culpabilidad y el testimonio de un presunto testigo.

     El mexicano ha reiterado en sus distintas apelaciones que cuando fue acusado del homicidio, Art Medrano, un detective de la policía de El Paso le informó que su madre y su padrastro habían sido arrestados en Ciudad Juárez y serian torturados si no aceptaba declararse culpable.

     Fierro ha sostenido ante todas las instancias que fue golpeado y amenazado de que se iba a torturar a su madre en México, por lo que firmó sin ver una declaración de culpabilidad en inglés, idioma que en esa fecha no entendía.

     Con esa declaración de culpabilidad y con el testimonio del adolescente Jerry Olaguez, presunto testigo del crimen, Fierro fue sentenciado a la pena de muerte a principios de 1980.

      Medrano, quien murió en 1994, testificó en el juicio que él nunca estuvo enterado de que los familiares de Fierro se encontraban bajo arresto en Ciudad Juárez mientras éste era cuestionado en El Paso.

     Sin embargo, tras la muerte de Medrano, el equipo de defensa de Fierro localizó en los archivos de la policía de El Paso, una carta donde el detective reconocía haber mentido sobre la detención de los familiares del acusado.

     Las diversas cortes han rechazado esta evidencia al declararla como insuficiente para influir en un cambio del veredicto de culpabilidad y por ende para autorizar ahora un nuevo juicio.

     Algunos de los principales protagonistas en el caso de Fierro, han concluído que el mexicano confesó el asesinato del taxista por haber sido coaccionado.

     Gary Weiser, el fiscal que presionó para que el mexicano fuera sentenciado a la pena de muerte, declaró hace 10 años con motivo de una apelación interpuesta por Fierro, el estar convencido de que había sido presionado a declararse culpable.

     De ser la parte acusadora, Weiser pasó a ser uno de los defensores de la posible inocencia de Fierro, al analizar evidencias que no se tenían cuando el mexicano fue procesado, como la carta de Medrano.

      También el juez estatal Herbert Marsh, de la Corte Estatal 171 en El Paso, quien revisó en una apelación cómo fue obtenida la confesión de culpabilidad y recomendó en 1995 que se efectuara un nuevo juicio al acusado.

     Marsh hizo la recomendación al concluir que la policía de El Paso había mentido, por lo que existía una fuerte posibilidad de que el acusado hubiera sido coaccionado para declararse culpable.

     Ante los reveses de las apelaciones y las nuevas leyes que limitan el número de veces para interponer estos recursos, los testimonios y otras evidencias se han quedado hasta ahora sin ser escuchadas.

    Fierro, quien ha presentado cuatro apelaciones ante las cortes federales y tres ante cortes estatales, ha llegado ya al número límite marcado por la ley y ahora sus nuevas peticiones de justicia son rechazadas por ese tecnicismo.

      David Dow, otro de los abogados que defienden al mexicano, describió su caso como “un rosario de sinrazones y absurdos”.

      Tras haber recorrido en las últimas dos décadas todos los caminos legales y agotado ya todas las instancias, Fierro solo tiene ante si el fallo de la CIJ como único recurso viable para revertir su sentencia. El recurso, sin embargo, pudo haber llegado ya demasiado tarde.